Sobre palmas y lauros de oro yergue el Zulia su limpio blasón; y flamea en su plaustro sonoros del progreso el radiante pendón.
La luz con el relámpago tenaz del Catatumbo, del nauta fija el rumbo, cual límpido farol; el alba de los trópicos, la hoguera que deslumbra cuando al zénit se encumbra la cuadriga del sol no emulan de tus glorias el fúlgido arrebol
En la defensa olímpica de los nativos fueros tus hijos, sus aceros llevaron al confín; ciñendo lauros múltiples los viste, con arrobo, del Lago a Carabobo, del Ávila a Junín; y en Tarqui y Ayacucho vibraron su clarín.
Erguido como Júpiter, la diestra en alto armada, fulgurante la mirada de rabia y de rencor; las veces que los sátrapas quisieron tu mancilla: mirarte de rodilla sin prez y sin honor cayó sobre sus frentes tu rayo vengador.
Y luego que la cólera de tu justicia calmas, va en pos de nuevas palmas tu espíritu vivaz; en aulas de areópagos, cabildos y liceos; te brindan sus trofeos el numen de la paz; y vese en blanca aureola resplandecer tu faz.
En tu carroza alígera que tiran diez corceles, de cantos y laureles guirnaldas mil se ven. Allí del arte el símbolo del sabio la corona, de Temis y Pomona la espada y el lairén. La enseña del trabajo y el lábaro del bien.
Jamás, jamás, los déspotas o la invasión taimada, la oliva por la espada te obliguen a trocar; y sigas a la cúspide; triunfante como eres, rumores de talleres oyendo sin cesar en vez de los clarines y el parche militar.